En estas vísperas de Navidad, la Facultad del Medio Ambiente y Recursos Naturales recuerda con especial cariño a Mona, la perrita guardiana del Vivero, cuya presencia acompañó por casi dos décadas la vida cotidiana de la sede El Vivero y dejó una huella profunda en generaciones de estudiantes, docentes, egresados y trabajadores.
Durante años, Mona fue mucho más que una compañera de paso. Fue testigo de la transformación del campus, del crecimiento de la Facultad y del tránsito de estudiantes que encontraron en ella una presencia constante y reconfortante. Conocía los recorridos del vivero como nadie, reconocía horarios, rincones y personas. Era la primera en saludar en las mañanas y, con su paso tranquilo, parecía supervisar que todo marchara bien.
Sobrevivió a un disparo cuando era apenas una joven guardiana y, desde entonces, asumió su papel con mayor determinación: cuidar, acompañar y observar. Bajo su mirada pasaron personas primíparas que hoy son profesionales, aulas que se levantaron donde antes había tierra y aprendizajes que trascendieron lo académico para enseñar empatía y respeto por la vida. Mona fue, además, heredera del legado de Luisa, la primera perrita del vivero que llegó en 1990. Juntas representan una historia de afecto que ha acompañado por años la cotidianidad de la Facultad.
Finalmente, tras enfrentar complicaciones serias de salud que afectaban de manera significativa su bienestar, la Facultad, con acompañamiento veterinario, tomó la difícil decisión de practicarle la eutanasia, priorizando su calidad de vida y garantizando que partiera sin dolor, rodeada de cuidado y respeto.

El amor en los detalles
La jornada de despedida del 24 de octubre fue una muestra de cariño sincero. Flores, mensajes, lágrimas y sonrisas se mezclaron entre estudiantes, comunidad docente, egresada y trabajadores quienes compartieron años junto a Mona.
Karol Rodríguez, estudiante de quinto semestre de Ingeniería Ambiental, llegó temprano con una idea clara: ponerle moños blancos. “Porque iba a ser un angelito”, dijo. Tras buscarlos con ayuda de una amiga, llegó al vivero cuando Mona descansaba en la portería. Le habló despacio, la animó, y poco a poco Mona se levantó para ir hacia el sol. “Le dije que lo disfrutara, que a ella le gustaba mucho el sol”, recordó con ternura.

Aunque el peso emocional no le permitió quedarse en el espacio de despedida de la tarde, Karol se fue con la tranquilidad de haberle dicho adiós bajo la luz del sol que tanto le gustaba.
Un adiós con amor y gratitud
Durante la jornada, la comunidad compartió historias, anécdotas y recuerdos que reflejaron el cariño que despertó Mona a lo largo de los años.

El personal de seguridad la recordó por sus “ratos de cansona”, sus visitas nocturnas a los puestos de vigilancia y por acompañar los turnos más largos. Algunos confesaron haber llorado la noche anterior. “A veces uno está por ahí triste y los animalitos le arreglan el rato a uno”, contaron entre risas y nostalgia.
Andrés Rodríguez, estudiante de décima matrícula de Ingeniería Ambiental, evocó sus primeras memorias con ella:
“Ella estuvo aquí desde mi primer día. Una vez se quedó en la mitad de la calle y dijo: esta es mi calle. Se metía a los salones, se robó el corazón de todos”.
La profesora Gloria Raquel Dávila recordó cuando una alumna la encontró siendo una cachorra y ella decidió cuidarla:
“La tuve en el laboratorio de biología, dormía al lado de los microscopios. Una vez la cogió un carro y corrimos con los chicos de Ingeniería Forestal hasta la Universidad Nacional para salvarla”.
María Paula Camelo, estudiante de décimo semestre de Ingeniería Ambiental, la recordó junto a su compañera Shakira:
“Un día estaba lloviendo y a las dos no les importó nada; estaban arrunchadas, mojadas, felices. Así eran ellas, inseparables”.
Desde distintos espacios de la Facultad se evocaron también sus travesuras: mordía zapatos, costales y se adueñaba de las entradas como si fueran suyas.
En el micrófono abierto, surgió el deseo colectivo de dejar un recuerdo permanente de Mona en el campus, como símbolo del vínculo entre la comunidad universitaria y los seres que la habitan. Gestos como este reflejan una sensibilidad que no siempre se encuentra en todos los entornos académicos, pero que aquí se manifiesta como parte esencial de la formación humana.
En el espacio, Sebastián Palacios, estudiante de Ingeniería Forestal, compartió su deseo de que se realice un mural en su honor:
“Quisiera que quienes lleguen vean una perrita y digan ‘la tenían que amar mucho para que la retrataran así’. Mona era mi amuleto de buena suerte; siempre que tenía un parcial la acariciaba y me iba bien… ahora me voy a demorar más en graduarme”.
Finalmente, la comunidad le dedicó un minuto de aplausos, flores y palabras de agradecimiento. Mona descansará en el vivero, entre las plantas y los árboles que la vieron crecer, con la huella imborrable de haber sido más que una mascota: una guardiana, una compañera y parte viva de la memoria de la Facultad.
Historias como la de Mona solo suceden en lugares donde el afecto y el cuidado se viven como parte de la comunidad

Su legado continúa. En la cafetería de la Facultad permanece el tarrito de ahorro, símbolo de la solidaridad universitaria, que permite seguir alimentando y cuidando a los perritos guardianes del campus. Porque el cariño por Mona no se despide: se transforma en cuidado, memoria y comunidad.
Memoria colectiva y mural
El pasado lunes 22 de noviembre, la comunidad estudiantil, junto a diferentes colectivos ambientales y artísticos, realizó de manera autogestionada la pinta de un mural en memoria de Mona, como un espacio de encuentro, expresión y homenaje colectivo.

Hablamos con Angélica Osorio
Angélica Osorio fue una de las personas que acompañó a Mona en sus últimos meses y coordinó su cuidado y despedida. Esto fue lo que nos compartió:
1. Para ustedes, ¿quién fue Mona para la Facultad y cómo debería recordarla la comunidad?
“Mona era la dueña y señora de esta Facultad”, recuerda Angélica. Siempre estaba ahí, saludando a todos, recorriendo los pasillos y acompañando turnos y clases. “Debe recordarse como una perrita que nos dio cariño, nos cuidó y nos enseñó afecto y responsabilidad hacia todos los seres que habitan este espacio”.
2. ¿Por qué cuidar de Mona y cómo nos invita a mirar más allá de nosotros mismos?
“Cuidarla nos hizo incomodarnos un poquito, porque muchos veían que algo no estaba bien y seguían su camino. Pero ella estaba sufriendo, aunque no lo mostrara”, cuenta Angélica. Su historia nos recuerda que mirar y actuar, incluso cuando es difícil, es parte de nuestro compromiso con los demás seres que conviven con nosotros.
3. ¿Cuál fue el dictamen médico sobre su estado de salud en los últimos días?
Mona estaba muy decaída y ya no podía recorrer el campus. Tras los exámenes veterinarios se evidenciaron problemas graves: cáncer de hígado, peritonitis y cálculos en la vesícula. “Los doctores nos dijeron que lo mejor era aplicarle la eutanasia para evitarle más dolor. Fue una decisión difícil, pero se hizo con todo el amor y cuidado posible”, explica Angélica.
El legado de Mona continúa. En la Facultad han seguido llegando animalitos que necesitan atención, cuidado médico y hogares de paso. Quienes deseen ayudar pueden acercarse a Angélica Osorio para conocer cómo aportar, ya sea con apoyo económico, acompañamiento o difusión. La Facultad reafirma así que el cuidado del ambiente también incluye a todos los seres vivos que lo habitan.
En este video podrás conocer más de las guardianas Mona y Shakira.
Mona también llegó a El Espectador, en la sección de Bienestar Animal publicaron algunas fotografías con su historia.
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Fuente de información:
Facultad del Medio Ambiente y Recursos Naturales
Comunicaciones UD- Luisa Carrero
Universidad Distrital Francisco José de Caldas
